Uniforme escolar, tijeras y mochila sobre un escritorio de madera, sin personas ni rostros de menores.

¿Cortar el pelo corta la violencia?

Por Nicolas Zevallos Trigoso.

Un caso de acoso escolar que conmocionó a la opinión pública llevó al Ministerio de Educación a anunciar un paquete de medidas disciplinarias para los colegios públicos: cabello corto obligatorio para los varones, prohibición de tinte y maquillaje, control del largo de las faldas, restricciones al uso del celular y un esquema de sanciones que puede llegar a la expulsión. La idea de fondo parece ser que, si se corrige la apariencia, se corrige la conducta. Vale la pena preguntarse qué tanto respalda esa idea la evidencia que existe sobre violencia escolar.

La investigación sobre el tema en el Perú apunta a otra dirección. Un estudio de Mujica, publicado por GRADE en 2008, encontró que en escuelas primarias de Lima las burlas, los apodos y las peleas del día a día no son hechos sueltos de mala conducta, sino la forma en que los propios niños buscan imponerse unos sobre otros, sobre todo cuando el profesor no logra poner límites claros. A esto se suma algo que investigadores como Akers documentan desde hace décadas: los chicos aprenden a ser violentos imitando a su grupo de amigos, no por el corte de pelo o la ropa que usen. Y hay un tercer dato que recoge Hirschi en su trabajo clásico sobre la delincuencia juvenil: cuando un estudiante no se siente parte de su colegio, ni cercano a sus profesores, ni ve ahí un futuro para sí mismo, le cuesta menos saltarse las reglas.

Cabe entonces preguntarse si un reglamento centrado en el cabello, el maquillaje o el celular realmente apunta a esos tres puntos. Hay además algo que vale la pena pensar dos veces: desde los años sesenta, investigadores como Becker muestran que una sanción tan severa como la expulsión puede terminar costando más de lo que corrige, porque marca a ese estudiante como el problemático ante los demás y ante sí mismo, justo cuando más necesita sentirse parte del colegio. Y para un adolescente, quedar fuera del sistema escolar no es un paréntesis: puede significar una ruptura casi total con cualquier proyecto de vida viable, con la posibilidad de seguir estudiando, de formarse y de acceder después a un trabajo. La pregunta no es menor: ¿el grado de la sanción puede terminar generando un daño mayor que el que busca remediar?

Si la meta es reducir la violencia entre escolares, la evidencia señala dónde conviene poner los esfuerzos: que los estudiantes participen de verdad en la vida del colegio, que haya actividades culturales y deportivas que compitan con lo que ofrece la calle, acompañamiento que les ayude a pensar en su futuro, y cerrar las brechas que hoy dejan a muchos chicos sin un adulto significativo dentro del colegio. La pregunta que queda abierta es si las medidas anunciadas apuntan a eso, o si se quedan en lo que más se nota a simple vista.


Deja una respuesta